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NO ME MATEN… SOY PERIODISTA!

7 May

Por segundo año consecutivo, Freedom House define a México como un país sin prensa libre. Durante varios años, la organización había registrado una mejora sistemática en el clima del debate, la crítica y el periodismo en México. Todos somos testigos de una paulatina apertura en la prensa nacional, de la desaparición de los viejos tabúes, del crecimiento de medios independientes. Pero ese progreso se detuvo en el 2010. A partir de entonces, las condiciones para ejercer el periodismo han empeorado gravemente. El crimen intimida y las instituciones que deben proteger no lo hacen. Así lo muestra el estudio de Freedom House que nos coloca en compañía de Venezuela y Cuba en materia de libertad de prensa. Ser periodista en muchas partes de México es una profesión de altísimo riesgo. Estos últimos días hemos visto agresiones mortales a periodistas que no podrían ser ignoradas. De acuerdo a Reporteros sin Fronteras, no hay país en el continente más peligroso que el nuestro para dedicarse a las tareas de la libreta, la cámara y la grabadora. El panorama es trágico: México es uno de los cinco países más hostiles al periodismo en todo el mundo.

Silencio forzado,” un revelador informe de la organización Artículo 19, describe con detalle las agresiones que los periodistas mexicanos han sufrido en los últimos meses. Artículo 19 coincide en describir un fenómeno alarmante: la violencia contra los periodistas ha aumentado escandalosamente ante la mirada inepta o cómplice del poder público. La violencia criminal ha silenciado a la prensa pero también la ha ocupado. La seguridad de los periodistas está en riesgo pero también la integridad de las redacciones donde se libra un combate por los mensajes que los criminales quieren enviar al gobierno, a sus enemigos, a la sociedad. La respuesta de las instituciones públicas ha sido declarativa y burocrática: solidarizarse verbalmente con las víctimas de las agresiones y crear oficinas.

Que el periodismo se haya convertido en una actividad de alto riesgo es una de las pruebas del grave retroceso político de México. Nuestro empeño por regresar a la barbarie se retrata en las estampas de la muerte que cotidianamente la prensa despliega de manera grotesca pero se refleja, principalmente, en todo aquello que no conocemos, todo aquello que logra ocultarse, todo aquello que ha sido efectivamente silenciado. Si hay territorios que el crimen organizado ha hecho suyos es porque ha logrado imponer su imperio sobre el Estado y porque ha conseguido esconderse a la prensa. El Estado mexicano falla al no castigar pero también al no proteger. Es claro que muchos periódicos locales han decidido no informar sobre la violencia de su entorno. Ante las amenazas, ante la intimidación, han decidido callar. Se entiende: nadie les pide que hagan de su vida una ofrenda. En  el desamparo, la autocensura es una medida de sobrevivencia. Ninguna sociedad puede pedir heroísmo a sus miembros.

Lo visible, lo que discutimos abiertamente, lo que celebramos o nos indigna todos los días se acompaña de una sombra extensa e imprecisa. Es la mancha de lo oculto. Todos los crímenes que permanecen escondidos porque los periodistas no se atreverían a tomar nota de ellos; todos los delitos que la prensa no podría relatar; todos los atracos inmencionables. A la primera impunidad, la que todos conocemos, le sigue una segunda que la refuerza. Falta el castigo pero también falta el relato. Falta ley y perdemos pistas de la verdad. Que el crimen le haya declarado la guerra a la prensa es una de las ramificaciones más siniestras de estos años. No lo digo porque crea en víctimas privilegiadas: lo digo por la función pública del periodismo, por su importancia en tiempos de miedo y confusión. Una sociedad sin prensa libre (de la censura política, de la intimidación criminal o de los intereses comerciales) es una sociedad ciega y sorda.

El crimen impone su violencia, corrompe y somete a las fuerzas de seguridad, intimida negocios, extorsiona familias. Y encima de ello impone silencio a la prensa. El círculo del crimen parece perfecto: un Estado incapaz de aplicar la ley, una sociedad amedrentada y una prensa desamparada. No hay mayor victoria del crimen que la oscuridad que ha ganado a punta de amenazas, ataques y muerte.

Jesús Silva-Herzog Márquez

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